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La maldición del minuto negro[ + ]

Las personas tendemos a simplificar la percepción que tenemos de otras, más aún cuando son personajes famosos a los que no conocemos personalmente. Una anécdota, una frase memorable, puede fijar la imagen que tenemos de alguien para siempre

Un personaje tan complejo como Hemingway queda reducido a un grandullón al que le gustaba cazar y beber más de la cuenta. Paco Umbral tenía un perfil irreprochable: inmejorable articulista, novelista prolífico y premiado, intelectual y dandy. Sin embargo, aquella frase de “Yo he venido a hablar de mi libro” que le soltó a la Milá en la tele marcó su imagen para siempre.

También han quedado en nuestra memoria el “Que te pego, leche” de Ruiz Mateos o el “Vaya usted a la mierda” del gran Fernán Gómez. De hecho, buscando cualquiera de estos momentos desgraciados en YouTube podemos encontrar en la misma página casi todos los demás.

Por el contrario, aunque más escasamente, a algunos personajes históricos se les recordará por sus momentos más brillantes. El “I have a dream “, de Luther King; el “Que puedes hacer por tu país” de Kennedy o el “Sangre, sudor y lágrimas” de Churchill. No es casualidad que los tres sean figuras políticas. Tampoco creo que fuera casual que a dos de ellos les asesinaran.

La mayoría de nosotros no tenemos la exposición pública de estos personajes que he citado. Sin embargo, dentro de nuestro entorno de actuación nuestros gestos y palabras pueden ser tan relevantes y tener consecuencias tan desagradables como las que recogía al principio del post. Además, las redes sociales tienen un doble efecto sobre nuestros lapsus: los amplifican y mantienen su archivo mucho más allá de lo que desearíamos.

El principal activo de un profesional no es su talento. Es su reputación. Y se basa en las recomendaciones y opiniones que puedan dar de nosotros. Nuestros clientes y nuestros compañeros. Y los comentarios y menciones en twitter y facebook. Hay que saber aprovechar las oportunidades de hacer que nuestra marca personal brille. Y ser conscientes de que un gesto equivocado o una opinión frívola pueden convertir nuestra buena imagen en una mala caricatura.

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